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Una ética fundada en las infancias

Por Carlos Alfredo Rinaldi (Abogado – Especialista en Derecho de Familia)

Carlos Alfredo Rinaldi

La Ética como ciencia social, supone la necesidad de reflexionar en torno a los valores que una sociedad reconoce como aceptables en un tiempo determinado. La Ética como disciplina de la Razón, pretende reflexionar y aportar una respuesta a la pregunta sobre los Valores en su conjunto, por la Moral como dimensión lógica y universalidad que los abraza.

El conjunto de relaciones que cimentan el trato entre los adultos y las Infancias, también debe analizarse a la luz de un esquema de posicionamientos que merecen un análisis ético. Los móviles, los motivos de nuestro accionar, de nuestra conducta en relación a éstos (en cuanto “otros”), se traducen en una valoración a la luz de la dimensión axiológica. Una sociedad que defiende a rajatablas su naturaleza “adultocéntrica”, es una sociedad que minimiza y desenfoca el sentido de la voz de las Infancias.

Nuestra sociedades, aunque cada vez menos “Patriarcales”, es cierto, aun reproducen esquemas de dominación en que la Autoridad Paterna pervive, a pesar de los esfuerzos por desarticular los micromachismos, o de avanzar en un sistema de democratización de la relaciones familiares, o frente a los denodados esfuerzos por la reformulación de las agendas de la gobernanza con los aportes de la Promoción y Protección Integral de los derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

También el Paradigma de la Vulnerabilidad [1] y los despliegues de la tutela efectiva de los más vulnerables (colectivo que comprende a las Infancias, por supuesto), han hecho otro tanto para cambiar los esquemas de abordaje (acciones positivas, conforme art. 75 inc. 23 de la CN[2]) y los alcances de las resoluciones que afectan a estos protagonistas, siempre invisibilizados.

Una Ética fundada en las Infancias debe prohijar la necesidad de repensar el plexo de valores que afecta nuestra relación con los niños. Derribar los discursos de ocasión plagados de slogans o discursos de sobreprotección, pero que en nada se traducen en respuestas eficientes de los Estados o en garantías de trato digno de parte de los adultos.

El contexto democrático de las políticas públicas de protección de los derechos de los niños –señala Baratta-,  adquiere un sentido y una relevancia diferente, por un lado, si los niños son o no son considerados parte integrante en las relaciones de democracia y, por el otro, según como sean entendidas las relaciones entre los niños y los adultos.[3]

El protagonismo público de las niñas, niños y adolescentes, muchas veces incomoda a los adultos. Pues la Infancia maneja demandas cuyos términos no son compatibles con los plazos de la gestión pública tradicional.

Una agenda de gobernanza desde y para los niños, incorpora la espontaneidad, desestructura formalismos y utiliza giros entendibles que la corporación política tradicional no digiere, y la más de las veces, mira con recelo y cierta desconfianza.

Trasladar el poder real a los chicos es una aventura de recambio y transformación posible, pero resistida por la corporación política. Corporación, afable con las fotografías y los discursos de ocasión sobre la Niñez deseada, pero poco afecta a gestar espacios de participación vinculante con las Infancias reales.

La nueva eticidad que impone el discurso garantista sobre la Infancias, cuya plataforma más difundida lleva más de 30 años de vigencia (la “Convención sobre los Derechos del Niño”), no ha logrado atemperar los impulsos materiales del Poder Punitivo o disciplinante del Estado. Tal vez ha acotado sus niveles de discrecionalidad, pero sigue subterráneamente convalidando muchas prácticas que responden a concepciones presumiblemente atrasadas.

El niño realizado en sus derechos, no aparece mágicamente si evitamos llamarlo menor. El Patronato no ha muerto, si frente a la urgencia, seguimos replicando como operadores, las prácticas del tutelaje, pero con la etiqueta de las medidas de protección.

Eduardo Bustelo [4] ; nos enseña: “…En una concepción biopolítica de la infancia, el espacio estatal público es el ámbito de lucha por el poder para entender sus derechos. La sociedad civil tiene allí también un papel a desempeñar que está lejos de ser simplemente un dispositivo “protector”…” Nos toca, agrego, ser promotores del cambio de mirada sobre las Infancias.


[1] El concepto de vulnerabilidad se aplica a aquellos sectores o grupos de la población que por su condición de edad, sexo, estado civil y origen étnico se encuentran en condición de riesgo que les impide incorporarse al desarrollo y acceder a mejores condiciones de bienestar.

[2] Surge claramente del artículo 75, inc. 23 de la CN; “…Legislar y promover medidas de acción positivas que garanticen la igualdad real de oportunidades y de trato, y el pleno goce y ejercicio de los derechos reconocidos por esta Constitución y por los tratados internacionales vigentes sobre derechos de los niños, las mujeres, los ancianos y las personas con discapacidad. Dictar un régimen de seguridad social especial e integral en protección del niño en situación de desamparo, desde el embarazo hasta la finalización del periodo de enseñanza elemental, y la madre durante el embarazo y el tiempo de lactancia…” (Incorporado por la Reforma Constitucional de 1.994)

[3] BARATTA, Alessandro, Infancia y democracia, Buenos Aires, Taurus, 2001 Pág. 45.

[4] BUSTELO, Eduardo, “El recreo de las Infancias. Hacia un nuevo comienzo”, Buenos Aires, Edit. Siglo XXI, 2001, pág. 23.

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