
Un avión agrícola despegó esta semana en Eldorado, Misiones, cargado con bioetanol producido en la Argentina. Fue apenas una demostración técnica, con una aeronave de fumigación y un puñado de litros de combustible renovable, pero detrás de esa prueba hay un proyecto que toca de cerca a San Lorenzo: la vieja refinería sobre el Paraná, la misma que durante décadas fue sinónimo de petróleo, se está reconvirtiendo para producir el combustible sustentable con el que algún día podrían volar los aviones de todo el mundo.
El vuelo de Misiones se hizo con un Embraer Ipanema 203, una avioneta agrícola, y utilizó etanol elaborado por Bioenergías Agropecuarias S.A. —parte de Essential Energy Holding— a partir de caña de azúcar y maíz. Fue la primera vez que una aeronave operó en el país con este tipo de combustible, y sirvió para comprobar en la práctica algo que hasta ahora era solo un desarrollo de laboratorio: que el etanol argentino puede ser parte de la matriz energética de la aviación, uno de los sectores del transporte que más dificultades tiene para reducir sus emisiones.
Pero mientras en Misiones se probaba un avión pequeño, en San Lorenzo avanza una apuesta de escala mucho mayor. En los terrenos de la vieja refinería que YPF tiene sobre la costa del Paraná se está construyendo una planta orientada a producir SAF, la sigla en inglés de Sustainable Aviation Fuel, el combustible sustentable pensado específicamente para el sector aeronáutico. El proyecto es impulsado por YPF junto a Essential Energy Holding —la misma empresa detrás del ensayo de Misiones— a través de la firma Santa Fe Bio.
La reconversión se está haciendo por etapas. La primera consiste en levantar una planta de pretratamiento, capaz de procesar materias primas de origen vegetal y animal, que ya comenzó a construirse a principios de este año con una inversión que supera los 70 millones de dólares. Después llegará la etapa más grande: la construcción de la biorrefinería propiamente dicha, con una inversión proyectada de unos 300 millones de dólares, a la que se sumará un módulo para producir hidrógeno.
Cuando esté terminada, la planta podrá trabajar con distintos insumos —aceites vegetales, grasas animales y residuos de la agroindustria— para transformarlos en combustible de menor impacto ambiental para aviones. Y no se trata solo de abastecer el mercado interno: se estima que, una vez que el complejo alcance su capacidad plena, San Lorenzo podría convertirse en la puerta de salida de exportaciones por alrededor de 600 millones de dólares anuales.
Es, en los hechos, una reconversión completa del perfil industrial de la ciudad. La refinería que asociamos históricamente con el petróleo y sus problemas ambientales pasa a integrar, en un mismo predio, un proyecto pensado para reducir las emisiones de uno de los sectores más difíciles de descarbonizar: la aviación.
El vuelo de Misiones y la planta de San Lorenzo no son proyectos aislados: forman parte de un mismo ecosistema de negocios que empezó a tomar forma este año, con la firma de un Memorando de Entendimiento entre los actores del sector agroindustrial y la industria aeronáutica. La prueba con el Embraer Ipanema fue la primera demostración a pequeña escala de que el bioetanol argentino puede volar; la planta sanlorencina es, directamente, la apuesta a que esa tecnología se produzca a escala industrial y en gran volumen, con San Lorenzo como epicentro.
Para la ciudad, el proyecto abre un interrogante que va más allá de la inversión y las cifras: qué lugar puede ocupar San Lorenzo, con su historia ligada a la industria petroquímica y portuaria, en la transición hacia energías más limpias que ya empezó a discutirse en el resto del país. El desarrollo de la biorrefinería no solo promete nuevos puestos de trabajo y actividad para la zona, sino que posiciona a la ciudad como protagonista de un negocio que, de cumplirse las proyecciones, podría convertirse en uno de los polos exportadores más importantes del cordón industrial santafesino.