
Pueblo Andino y Serodino, separadas por pocos kilómetros, concentraron en los últimos años frentes judiciales distintos, pero con el mismo denominador común —estructuras de narcomenudeo y tráfico regional—, sin que hasta ahora la información pública confirme que sean la misma organización, aunque comparten territorio y el patrón de que los conflictos de “microtráfico” derivaron en violencia letal como el hallazgo del cuerpo de Gastón Montenegro.
Seis años de casos que parecían aislados —un crimen en una estación de servicio, una carnicería, una fiesta baleada, un cuerpo enterrado— dibujan, atados por el mapa y por los expedientes, la trastienda de las mismas estructuras narco que operan en Rosario, San Lorenzo y Granadero Baigorria.
Separadas por apenas unos kilómetros de campo abierto sobre la ruta provincial 10, Serodino y Pueblo Andino tienen todo lo que se espera de dos pueblos chicos del departamento Iriondo: calles de nombres patrios, carnicerías de barrio, fiestas de fin de semana. Pero en los últimos seis años esa misma tranquilidad las convirtió, según surge de una decena de expedientes judiciales, en el lugar elegido por prófugos, organizaciones narco y bandas ligadas a Los Monos para esconder gente, guardar mercadería y, en más de una ocasión, saldar cuentas a los tiros.
Durante la audiencia imputativa llevada a cabo el pasado viernes contra los primos Juan Manuel Vega y Matías Vega, quienes quedaron en prisión preventiva por el secuestro seguido de muerte de Gastón Montenegro, el fiscal Aquiles Balbis, señaló que el campo donde fue hallado Gastón, pertenece a Luciano Acosta, un hombre que se encuentra en prisión por una causa de narcotráfico en la justicia federal. Dentro de esa área rural en Serodino, fue hallado el cuerpo el 8 de junio de este año, Alejandro Fabián Mendoza, de 54 años, el marco de una supuesta sobredosis, que no fue investigada. El interrogante es: ¿qué ocurre en esa zona de Andino y Serodino que atrae a organizaciones criminales?
El primer eslabón: el crimen de “Coto” Medrano
La historia documentada arranca el 10 de septiembre de 2020, en una estación de servicio de Granadero Baigorria. Ahí, tres hombres bajan de un auto y acribillan a Marcelo “Coto” Medrano, un narco con lazos a la barra brava de Newell’s y al entorno de Los Monos. Uno de los tiradores, Daniel “Dani” Godoy, logra escapar y permanece prófugo durante meses, mientras un policía —su propio hermano— queda imputado en la misma causa (después recupera la libertad al aportar nueva evidencia).
Godoy termina cayendo de madrugada en un allanamiento en la calle Libertad al 300 de Pueblo Andino. Es el primer antecedente documentado de una constante que se repetirá: un pueblo chico, alejado del radar mediático, funcionando como escondite de un buscado de alto perfil.

La estructura detrás: Los Monos y el negocio en el cordón industrial
Mientras Godoy se escondía, en Rosario y el Cordón Industrial se armaba y desarmaba una red mucho más grande. En octubre de 2021, un operativo con 84 allanamientos de la Policía Federal golpeó esa organización, aunque uno de sus jefes de zona, Marcos “Pato” Mac Caddon, se escapó caminando de su propia casa en San Lorenzo y fue detenido en un comercio.
Los mensajes que la Justicia le secuestró después revelan el funcionamiento interno del negocio: Mac Caddon había intentado ofrecerle la zona de San Lorenzo y Baigorria a Ariel “Guille” Cantero —detenido en Ezeiza y reconocido por todos como la última palabra del grupo—, prometiéndole una rentabilidad muy superior a la que manejaba entonces. El esquema, según el juez federal Marcelo Bailaque, funcionaba en sociedad con Leandro “Pollo” Vinardi bajo el paraguas de Cantero, y su método para copar territorio y desplazar competencia era, directamente, la violencia. Mac Caddon fue detenido recién en marzo de 2022, tras meses de mudanzas constantes.
Esa misma lógica de expansión territorial y disputa violenta por el negocio es, casi calcada, la que reaparecerá dos años después en Pueblo Andino.
La fiesta baleada: Los Monos llegan a Pueblo Andino
El 3 de marzo de 2024, en una vivienda alquilada del barrio Quebradas de Pueblo Andino, dos hombres armados irrumpen en una fiesta y disparan contra los presentes. Muere Gonzalo “Gonza” Barrientos, de 24 años, y otras cinco personas quedan heridas. La investigación establece que Barrientos tenía pedido de captura por integrar la asociación ilícita de Uriel “Lucho” Cantero —hijo de Claudio “Pájaro” Cantero, el histórico y ya asesinado líder de Los Monos—, con quien había sido condenado previamente por un hecho de abuso de armas.
El hecho confirma lo que el caso Godoy ya había insinuado: Pueblo Andino no solo sirve de escondite pasivo, también es territorio donde la estructura de Los Monos tiene gente propia, y donde sus conflictos internos —o con bandas rivales— pueden estallar con la misma violencia que en Rosario.
Tres meses después: otro prófugo de alto perfil en Andino
En junio de 2024, apenas semanas después del tiroteo en la fiesta, cae en Pueblo Andino Mauricio “Caníbal” Laferrara, un histórico integrante de la estructura de Esteban Alvarado que se había fugado de la cárcel de Devoto. Es el segundo caso en pocos años de un prófugo narco de peso eligiendo el pueblo como refugio, y el que dos años más tarde reabrirá la causa que hoy sigue activa.

La avioneta narco: cuando el corredor se vuelve internacional
El 30 de octubre de 2024, apenas cuatro meses después de la recaptura de Laferrara, el caso de Pueblo Andino da un salto de escala. Un Cessna 206 con matrícula boliviana, detectado por los radares del norte santafesino y obligado a descender por cazas de la Fuerza Aérea, aterriza en un campo entre Luis Palacios y Andino, en el departamento San Lorenzo. Los ocupantes escapan en camionetas antes de que llegue Gendarmería, pero dejan abandonada la aeronave con 475 kilos de cocaína, valuados en unos 7 millones de dólares. Cada ladrillo lleva estampado el sello de un toro, una marca hasta entonces inédita en la región.
El presunto piloto, Oscar Armando Caba Hurtado, excomandante de la Fuerza Aérea boliviana, es encontrado horas después desorientado en una barranca del río Carcarañá a metros de caer al agua, y detenido por la policía de la Comisaría 13ª de Pueblo Andino. El fiscal federal Claudio Kishimoto advierte de entrada que “por el tipo de operatoria tiene que ser alguien muy importante del mercado” quien estaba detrás del cargamento.

La causa termina cruzándose con otro expediente narco de peso: la investigación apunta a un posible vínculo con Fabián “Calavera” Pelozo, detenido en Ezeiza y señalado por los investigadores de la Procuraduría de Narcocriminalidad (Procunar) como el primer narco argentino con pretensiones de armar un cartel internacional. Pelozo es procesado, además, por el juez federal Carlos Vera Barros, “el mismo magistrado que dos años antes había llevado la causa de lavado de activos contra “Pato” Mac Caddon y el entorno de Los Monos en San Lorenzo y Baigorria.
El episodio no es un hecho aislado: la ruta aérea Bolivia-Paraguay-Argentina viene “bombardeando” cargamentos sobre el sur santafesino desde hace años, y Pueblo Andino, por su cercanía a Rosario y sus campos abiertos junto al Carcarañá, se confirma como uno de los puntos de descenso preferidos de esa logística.
La carnicería de Serodino: el negocio también se esconde ahí
En mayo de 2026, una denuncia por faena ilegal de dos vacas en Serodino termina destapando 108 kilos de marihuana y cocaína ocultos en una carnicería del pueblo. El dueño del comercio es imputado y detenido; días después caen su hermana y la pareja de esta en un allanamiento en Pueblo Andino, donde la Justicia secuestra un auto, celulares y efectivo. El expediente muestra que la mercadería no solo se vendía: también se escondía, otra vez, en el corredor Serodino-Andino.

Junio de 2026: el círculo se cierra sobre Laferrara
El 18 de junio de 2026, fuerzas federales realizan seis allanamientos sobre el entorno de “Caníbal” Laferrara en Pueblo Andino, Rosario y Rafaela, notificando a cuatro personas como investigadas. En paralelo, Gendarmería allana a varios de los mismos sospechados por una causa distinta, de la Procuraduría de Criminalidad Económica y Lavado de Activos (PROCELAC), en Rosario y Cañada de Gómez. La causa narco y la causa de lavado, dos años después de su recaptura, siguen corriendo en simultáneo sobre el mismo hombre y su círculo.
Ver esta publicación en Instagram
El cuerpo en el campo: cuando el conflicto por drogas mata
El capítulo más reciente ocurre entre el 27 de junio y el 4 de julio de 2026. Gastón Montenegro, de 25 años, desaparece en Capitán Bermúdez tras salir de su casa una noche. Una semana después, su cuerpo aparece semienterrado en un campo lindero a la ruta 10, exactamente en el tramo que une Serodino con Pueblo Andino, con dos heridas de arma de fuego en el cráneo.
La hipótesis judicial apunta a un conflicto de venta minorista de drogas en el cordón industrial santafesino. Los detenidos, dos primos de apellido Vega, quedan presos tras allanamientos en Rosario, Funes, Fray Luis Beltrán y Capitán Bermúdez. Uno de ellos había sido interceptado con mensajes de audio en los que instruía a su primo a esconder el auto, borrar conversaciones y deshacerse del teléfono. La causa, además, se conecta con un antecedente de 2025 en la misma zona: un operativo de la Procuraduría de Narcocriminalidad (Procunar) que había terminado con 13 detenidos y 50 kilos de cocaína secuestrados.
Un mismo mapa, los mismos apellidos
Lo que separa a cada uno de estos episodios —un crimen en 2020, una fuga en 2021, dos capturas de prófugos, una carnicería, una fiesta baleada, un cuerpo en el campo— es la fecha. Lo que los une es el mapa y, muchas veces, los mismos apellidos: Cantero aparece en el origen de Mac Caddon en 2022 y en el pedido de captura de Barrientos en 2024. Los mismos fiscales —Aquiles Balbis, Federico Reynares Solari, Matías Mené— y el mismo juzgado federal a cargo de Carlos Vera Barros se repiten en expedientes que, en apariencia, no tienen relación directa entre sí.
Serodino y Pueblo Andino no generaron sus propias bandas narco. Lo que hicieron, según muestra la sucesión de causas, fue el territorio donde se refugiaron los líderes de las organizaciones de Rosario, San Lorenzo y Granadero Baigorria, algo que en la ciudad escasea: kilómetros de campo, y la ilusión, cada vez más desmentida, de que ahí nadie los iba a buscar.