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Igualdad entre desiguales

Silvana PaganiJudiciales, Opinión2 octubre 2026 a las 12:26

Por Carlos A. Rinaldi (Abogado – Especialista en Derecho de Familia)

 La condición de vulnerabilidad debe ser corregida por la ley a los fines de garantizar a todos los ciudadanos, pero en especial a aquellos más desaventajados, el acceso a sus derechos en condición de igualdad. Niños, mujeres, adultos mayores, personas con discapacidad, merecen ser beneficiados con acciones positivas que remuevan los obstáculos que les permitan acceder en igualdad de condiciones a los mismos derechos.

En este terreno, motorizar la garantía de acceso real a los derechos corresponde al Estado, por cuanto debe extremar los recaudos a los fines igualar las posibilidades de todos los ciudadanos para obtener las mismas oportunidades. Por eso, resulta especialmente escabroso pensar en un Estado que pueda desafiliarse de esa responsabilidad central para la cual ha sido concebido esencialmente.

Nos encontramos en una fase actual del constitucionalismo que parte de la premisa de que la igualdad ya no puede sostenerse en derechos civiles clásicos o en la igualdad formal, sino en dispositivos capaces de enfrentar brechas económicas, territoriales, digitales, de género y socioambientales.

Es que la concepción de igualdad como no sometimiento y, en consecuencia, el reconocimiento en un texto constitucional de la existencia desigualdades estructurales persigue, precisamente, superar los límites de la propuesta tradicional.[1] Entender que la mera enunciación de una “igualdad entre iguales”, más allá de una aspiración concreta del acuerdo social, no alcanza, si no se instrumentan mecanismos que ayuden a derribar en parte las diferencias estructurales que imponen contextos económicos, étnicos, sociales, políticos, culturales, etc.

La sociedad democrática no puede seguir concibiéndose como una sociedad que ha realizado el sueño de una “perfecta armonía” en sus relaciones sociales. Su carácter democrático sólo puede venir dado por el hecho de que ningún actor social limitado puede atribuirse la representación de la totalidad. La principal cuestión de la política democrática no estriba entonces en cómo eliminar el poder, sino en cómo construir formas de poder compatibles con los valores democráticos.[2]

Por lo tanto, el objetivo crucial de las democracias modernas, el quid del acuerdo social de nuestro tiempo, no puede estribar en la eliminación de las diferencias estructurales, pues, vivimos en sociedades asimétricas y desiguales. Sino más bien en garantizar a todos los ciudadanos un mínimum o estándar básico de oportunidades, que le permita desarrollar sus destrezas para conseguir su desarrollo personal en iguales condiciones al resto.

Dicho proceso de “estandarización de oportunidades”, puede revestir marchas y contramarchas. En una organización política democrática, los conflictos y las confrontaciones, lejos de ser un signo de imperfección, indican que la democracia está viva y se encuentra habitada por el pluralismo.[3] Los procesos de transformación política y social nunca son lineales, se producen por “oleadas”.[4]

Por eso es importante devolver entidad al concepto de Estado, pues el Estado debe ser un promotor de oportunidades. No un decisor sobre proyectos colectivos, más bien, debe garantir las condiciones mínimas para asegurar el desarrollo individual de la ciudadanía. En este marco, Gobierno y Pueblo, como elementos fundantes de la “estatalidad” deben reencontrarse y no pensarse como opuestos.

Porque la noción de Pueblo, Identidad Colectiva, o Población, no son conceptos preexistentes, sino “algo a construir de manera continua”.[5]Este punto de vista supone rechazar tesis que, rotuladas ya de posmodernismos, ya de pospoltícas, sostienen el descentramiento – desvanecimiento de ese sujeto. El sujeto que es político. Es sujeto colectivo, no puede desvanecerse porque es algo a construir.[6]

“Abrirse al mundo”, es una expresión que hoy ha sido cooptada por la economía y las finanzas. Se refiere exclusivamente a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los poderes económicos para invertir sin trabas ni complicaciones en todos los países. Los conflictos locales y el desinterés por el bien común son instrumentalizados por la economía global para imponer un modelo cultural único. Esta cultura unifica al mundo, pero divide a las personas y a las naciones, porque “la sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos”[7].

Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Hay más bien mercados, donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores. El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen a sí mismos, pero procura licuar las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes. De este modo la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el “divide y reinarás”.[8]

En tiempos en los que se reniega de la promoción humana, de los derechos básicos, en los que se pone en duda la necesidad de los más vulnerables y su derecho a una tutela efectiva, es necesario volver a la cosmovisión humanista.


[1] BALANGONE, A. y Otros (Comps.), Reforma de la Constitución de la Provincia de Santa Fe: identidad y pluralidad de miradas, Librería Cívica, 2025, Pág. 108.

[2] MOUFFE, Chantal, La paradoja democrática. El peligro del consenso en la política contemporánea, GEDISA, 2000, Pág. 39.

[3]  MOUFFE, Chantal, Op. Cit., Pág.50.

[4] GARCIA LINERA, A., El proceso boliviano en clave regional, citado por FILMUS, Daniel en; “América Latina – La democracia en la encrucijada”, Página/12 – CLACSO, 2016. Pág. 49.

[5] VIRASORO, M. Renacimiento de la política, COPPPAL – Editorial Sudamericana, 2011, Pág. 28.

[6] VIRASORO, ídem.

[7] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 655.

[8] Francisco I, CARTA ENCÍCLICA FRATELLI TUTTI DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL- https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html#_ftn9

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