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Maia tiene seis años, camina con un andador y encontró en sus compañeros una ayuda que la emociona

Anabela TramontiniActualidadRegión14 agosto 2026 a las 18:46

Maia tiene seis años, vive en Fray Luis Beltrán y cursa primer grado en la Escuela N° 6370. Este año logró dar un paso importante en su proceso de rehabilitación: comenzó a desplazarse con un andador. En ese camino cotidiano encontró además el acompañamiento de sus compañeros, que la ayudan, la alientan y celebran cada uno de sus avances.

Maia tiene displasia septo-óptica, una condición que afecta su visión y su desarrollo motor. Desde pequeña realiza rehabilitación y, después de un proceso sostenido, este año incorporó el andador como herramienta para movilizarse.

Su mamá, Agustina Esperanza, contó que Maia está próxima a cumplir siete años y que durante este año también consiguió otro logro importante: dejó los pañales en marzo. La describe como una niña alegre, curiosa y a la que le gusta cantar y experimentar.

“Cuando uno la conoce, es una nena que es feliz, que hace lo mismo que todo lo demás. “Si bien tiene la condición de que le cuesta caminar o pararse, ella lo hace de a poquito”, relató Agustina.

Para su mamá, los avances de Maia muchas veces llegan antes de lo que imagina. “Vos le explicás o, cuando ella quiere, todo lo que se propone lo logra y es sorprendente”, expresó.

Un vínculo que empezó desde el primer día

La relación con sus compañeros comenzó a llamar la atención de la familia desde el inicio de las clases. En los primeros días, Agustina era quien llevaba y retiraba a Maia del aula, ya que todavía no utilizaba el andador como se ve actualmente.

Cada vez que ingresaba al salón, encontraba a los chicos acercándose a su hija para saludarla.

“Ya el primer día, cuando la voy a retirar, venían y la besuqueaban todas y la abrazaban. O cuando yo entraba, le hacían una canción”, recordó la mamá.

Esos gestos le permitieron sentir rápidamente que Maia estaba acompañada. “Yo ya ahí me di cuenta de que ella iba a estar rodeada de mucho amor y en buenas manos”, contó.

El acompañamiento también aparece en acciones cotidianas. En el video que se difundió, uno de los compañeros camina junto a Maia, la ayuda con el andador y, cuando termina de utilizarlo, lo cierra y lo guarda.

“Vos lo ves una criatura, yo me sorprendí”, dijo Agustina al describir el nivel de autonomía con el que los chicos fueron incorporando esas acciones de cuidado.

Antes del comienzo de primer grado, Agustina tenía miedo de cómo sería la adaptación de su hija y de cómo reaccionarían otros chicos frente a sus dificultades.

“Yo tenía miedo, yo me descomponía porque me daba nervios”, reconoció.

Sin embargo, hasta ahora la experiencia fue diferente a sus temores. La mamá contó que Maia no atravesó situaciones desagradables y destacó que, fuera de la escuela, también suele encontrarse con personas dispuestas a ayudar.

“Muchas veces la sociedad no está preparada. Uno va aprendiendo con el tiempo”, explicó Agustina, quien también señaló que algunos chicos pueden no saber cómo relacionarse con niños con discapacidad simplemente porque no tuvieron experiencias previas.

A pesar de esas preocupaciones, su experiencia cotidiana le permitió construir otra mirada: “La verdad que yo nunca tuve problemas. Siempre que nos cruzamos con alguien ajeno, cuando salimos al mundo, yo veo que la gente tiene buenas actitudes y es muy solidaria”.

“Quiero que mi hija vaya por la vida siendo una nena más”

Para Agustina, lo más importante del vínculo que Maia construyó con sus compañeros es que la acompañan sin hacerla sentir diferente.

“Como mamá me siento muy orgullosa por ellos porque la cuidan a Maia y la rodean de mucho amor”, expresó.

Y resumió en una frase lo que espera para el futuro de su hija: “Lo principal es que la hacen una niña más. Ellos la hacen una niña más como ellos y eso me deja tranquila, porque yo quiero que mi hija vaya por la vida siendo una nena más”.

La historia de Maia muestra así una escena cotidiana de una escuela de Fray Luis Beltrán: una niña que avanza en su autonomía con un andador y un grupo de compañeros que aprendió a acompañarla en ese recorrido. Para su familia, cada uno de esos gestos representa algo más que una ayuda: la posibilidad de que Maia pueda transitar su infancia, aprender y compartir con los demás sintiéndose parte del grupo.

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