
Por Carlos Alfredo Rinaldi (Abogado – Especialista en Derecho de Familia)
Una vez más, la Escuela. Blanco de preocupación, terreno de disputa, escenario de presuntas violencias, instada a brindar respuestas urgentes, cuestionada, asediada, blindada, y más, y más.
Bastó una tragedia, incuestionable, cruda, “un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal”1. Y otra vez emergieron; la irresuelta polémica sobre las responsabilidades, la conflictiva adolescente, la falta de autoridad, la seguridad, el castigo, y demás cuestiones.
Frente a lo inusitado del acontecimiento surgen algunas líneas que merecen ser apuntadas. Hay un emergente, un sector, un espacio de las adolescencias, que busca una respuesta que no encuentra.
El extremo llamado de atención del joven tirador de San Cristóbal, la elección del espacio escolar para probar su eficacia, para tronchar una paz apagada y forzada en lo institucional, la falta de indicadores (que aún cuando identificados de antemano, no podrían haber evitado la tragedia), se inscriben en la necesidad de pensar ¿qué pasó?, ¿por qué pasó?, y cómo se recompone el acuerdo Escuela – Comunidad desde tan contundentes escombros.
La salida intentada por el Estado a tiro de un “punitivismo grandilocuente” pero ineficaz, no resuelve ni resolverá nada. Y obliga a la Autoridad Escolar, aturdida, a asumir una impostura de presunta severidad frente al problema complejo, y reproducir un discurso disciplinario en el que no cree, y para peor, vacío de propuestas concretas.
Cargar a los progenitores con el pago de indemnizaciones de dudosa legalidad por las amenazas atribuibles a sus “hijos bromistas e irresponsables” (actitud reprochable, la de la broma. Pues, la amenaza anónima es repudiable y delictual, no me cabe duda), es atacar equivocadamente el conflicto de fondo.
¿Qué se busca con la amenaza a una Escuela? ¿Amedrentar? ¿Alterar la tranquilidad? ¿Bromear morbosamente? Tal vez esa acción liviana y desmedida, la broma, siempre reprochable, insisto, encierra una lógica, una llamada de atención sobre el escenario de la vida escolar. Es que todavía hay puertas cerradas, falta de empatía, silencios forzados sobre los temas centrales de la educación (ejemplos; el currículo oculto, la falta de motivación en la docencia y los estudiantes, el “desencantamiento” con la escuela por su falta de movilidad, por lo que falta, etc.)
Y también, hay una mirada social, política y cultural de coyuntura (epocal) sobre las juventudes. Acaso el recrudecimiento de la mirada punitivista, la baja de la edad de imputabilidad, el retroceso presupuestario “bestial” en materia educativa en todos los niveles, la persecución a la docencia “huelguista”, el malicioso premio a la “asistencia a toda costa” del profesorado mal pago, el falso fantasma del “adoctrinamiento” que condiciona la libertad de cátedras, o la entronización de la timba (ludopatía), asociada al éxito económico fácil y que minimiza el mérito y la mejora que antes representaba el ideal del estudiante esforzado que se autosupera, no pueden pasar inadvertidos en la nueva forma de “vivenciar” lo escolar. Desde ya que no.
La escuela recoge esos escenarios de apatía y dolor, y los metaboliza como puede, con lo que puede. Con compromiso, con escucha atenta, con empatía, pero también con la comprobación de que la respuesta no puede ser “intuitiva”, y requiere de atención permanente, multidisciplinaria y de circuitos institucionales que funcionen, y no queden encorsetados en la mera denuncia formal o en el acta de entrevista archivada.
Los pibes rotos, los adultos rotos, las familias rotas, eligen contar sus dolores en el Escuela (su primera referencia de lo estatal), para “develar” la necesidad de ayuda.
Para este desafío de la Escuela en la actualidad, no alcanzan los protocolos que nunca funcionaron, las intimaciones que no resuelven nada, las multas económicas que nadie pagará, la pacificación forzada a costa de silencios, la extrema prevención frente a fantasmas que no existen.
La violencia es la excepción y no la regla general de nuestra cultura escolar. Existe y se expande, hay que advertirlo, pero no logró colonizar nuestras escuelas.
Hay que recuperar la palabra, hacerla circular, reconocer que hay un conflicto, meter manos a la obra. Debatir, romper, convocar a los estudiantes, a las familias, a todas las agencias estatales, a todos los interesados en hacer algo distinto frente a tanta perplejidad.
Reformular un nuevo pacto escolar – comunitario. Como claramente han planteado alguna vez dos queridas amigas y precursoras sobre la reflexión del aprender-enseñar, estamos frente a una realidad heterogénea, multicausal en la que se ponen en juego vínculos y un interrogante que convoca a preguntar; ¿qué puede hacer cada uno desde su lugar?2
Quizás, una nueva alianza entre la Escuela y la familia basada en la reciprocidad y el compromiso mutuo, donde el futuro sea producto de la construcción colectiva, donde se establezcan verdaderas comunidades de conocimiento.3
1 Referencia al inmortal poema de Miguel Hernández (1910-1942), “Elegía”, “…Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado,…”
2 CRUZ, Gabriela, PORTEIRO, Nora, Una ayuda para aprender mejor, Ediciones Acuarela, Granadero Baigorria, 2026, Pág. 135.
3 NARODOWSKI, Mariano, El colapso de la Educación, Paidos, Bs. As., 2018, Pág. 226.